Racismo y (no-)violencia


El problema es siempre el mismo: la diferencia como un factor de división. La historia del racismo, fenómeno más o menos moderno, es solo una parte de una más amplia historia de las diferencias, a veces sutiles, aprovechadas para crear jerarquías entre las personas. Los desfavorecidos de la historia han sido y son todavía hoy de todos los colores. Pero las diferencias supuestamente más obvias permiten dar cuenta de cómo algunas son vistas, aún hoy, como determinantes. Para muestra, un botón: irlandeses e italianos, cuando pobres, migraron en masa a los Estados Unidos y sufrieron discriminación a niveles que pocos podrían entender hoy, pero en una o dos generaciones fueron completamente asimilados, igualándose al nivel de vida medio de los estadounidenses blancos; sin embargo, los afroamericanos no han corrido con la misma suerte, a pesar de que llevan siglos en ese país, la distancia en su nivel de vida y el hecho de que muchos vivan en genuinos guetos, presos de la violencia y de la marginación, deja claro que siguen siendo ciudadanos de segunda. Es cierto, en todo caso, que ha habido hitos importantes que marcaron un avance: la Guerra civil que terminó con la esclavitud, la lucha por los derechos civiles contra la segregación racial, Brown v. Board of Education… Sin embargo, lo que ha sucedido en estos días deja claro que el problema, de un modo u otro, sigue estando presente.

 

Buena parte de la historia de la filosofía política está atada al problema de las diferencias y de los diferentes, del mal y la injusticia que han soportado. Es cierto que también, a lo largo de la historia, mal e injusticia han sido considerados de modo diverso, y para entenderlo basta que veamos la diversidad de concepciones que hay y ha habido de cultura a cultura y de tiempo en tiempo. Un núcleo, sin embargo, permanece. La cuestión, si se quiere simplificar un poco el tema, pasa por la distinción entre el mal que se causa y el mal que se padece, lo que separa de tanto en tanto a opresores y oprimidos. El mal que se padece consiste en la limitación o supresión de un bien que es considerado tal por una persona. Estos bienes son comunes a muchos: apreciamos nuestras vidas, necesitamos alimento, rechazamos el dolor. A veces el mal causado se realiza, se supone, en bien del que lo recibe o de la sociedad: muchas de las posturas que justifican la sanción penal van por esta línea. Pero también estos males hacen sus distinciones. En países como Estados Unidos (pero no solo) nacer negro aumenta significativamente, en términos estadísticos, la probabilidad de vivir una existencia precaria y violenta o de terminar en la cárcel. Se trata, entonces, de un mal estructural de algún modo similar al que afecta a mujeres o a minorías indígenas de formas diversas.

 

¿Pero qué hacer? Hace un momento recordé que algunos de los avances en la lucha contra la discriminación (contra la esclavitud y la segregación, siendo precisos) se dieron por vía de la Guerra civil y del movimiento por la lucha por los derechos civiles, uno de cuyos logros más importantes fue el fallo Brown v. Board of Education. La Guerra civil, por supuesto, fue un movimiento de cambio violento (no tanto una lucha “en el derecho”, cuanto una lucha “por el derecho”). El movimiento por los derechos civiles, por su parte, fue un movimiento tanto violento, en ciertos casos, como pacífico, en otros (la muestra más clara de su resolución por vías institucionales es Brown, producto de una lucha “en el derecho”). Si uno mira a la historia toda, varios de los cambios que consideramos beneficiosos se dieron mediante la lucha violenta: la consecución de las libertades fundamentales –liberales, democráticas y sociales– tienen antecedentes de este tipo. Pero si uno acorta un poco más la perspectiva, verá que, desde el advenimiento del Estado democrático y de su consolidación, la mayoría de los cambios que consideramos positivos se han dado en entornos de resistencia más o menos pacífica y en entornos institucionales. No hay que admirarse demasiado: algunos de los valores que inspiraron a la democracia moderna son la no-violencia, la renovación gradual de la sociedad y la paz. Aunque siempre amenazada, la democracia ha sido el único entorno propicio para alcanzar y mantener en el tiempo algunos de nuestros derechos más caros. La lucha por los derechos fundamentales, en ese sentido, puede verse como un movimiento de expansión gradual (aún hoy incompleto) de los espacios de libertad del ser humano: de los propietarios a los no-propietarios, de los hombres a las mujeres, de los libres a los esclavos, de los heterosexuales a los homosexuales, etc. Se trata, si se quiere, del reconocimiento paulatino de las diferencias, del reconocimiento de que una persona no puede sufrir un trato diverso por lo que es (no por lo que ha hecho). Pero negros, indígenas, mujeres, LGBTI, entre otros, siguen siendo estigmatizados, muchas veces sujetos a sanciones directas e indirectas, por aquello que son. Es cierto que algunos problemas de hoy no son los de antes, pero, en distintas formas, la discriminación persiste. Y quizás el problema más grande sea que la discriminación está en la mente de los demás, y que no puede cambiarse sin que estos cambien, y que a menudo la solución no pasa por dejarlo todo en cenizas. Incluso entre las cenizas de una ciudad, los racistas lo siguen siendo. Ni siquiera el recurso a la violencia logrará sin más su cometido.

 

Pero decía antes que, con el advenimiento de la democracia, la mayoría de los cambios se han realizado en entornos (más o menos) no-violentos. Quienes dicen que en la historia solo la violencia ha producido cambios efectivos en la consecución de nuestros derechos, ignoran que hay tantos ejemplos fallidos como supuestamente exitosos, por un lado, y que muchas de tales luchas se han hecho a costa de millares de inocentes (y entonces de sus derechos), por otro. Por imperfecta que sea, la democracia ha logrado que muchas de las luchas por los derechos se realicen de modo más o menos pacífico, y que también obtengan sus resultados. Pero creo que el problema no se puede reducir solo a la eficacia. En el marco contexto-dependiente de la democracia liberal moderna, no es un asunto menor el que tiene que ver con la justificación de la violencia, sea o no eficaz. Muchos conservadores se preocupan de los grafitis y de los monumentos pintados. No hablo de esto. Ni siquiera de la estación de policía que ha ardido después del enésimo caso de abuso policial. Pienso en los cientos de inocentes, totalmente ajenos al problema, que han sido vejados, cuyas casas y sustento han sido atacados e incluso reducidos a cenizas. Aquí se presenta de nuevo el problema del mal que se causa. No hay duda de que un mal ha sido infligido, como en tantas otras ocasiones, por parte de un policía blanco a un ciudadano afroamericano. Pero tampoco hay duda del mal que ahora se les inflige a los otros, a estos inocentes de los que he hablado, muchos de ellos negros, que han perdido sus posesiones y su sustento. Aquí hay dos males que no están conectados entre sí, dos males que ninguna de las partes merecía sufrir. Cuando se justifica el segundo por el primero, ya no se trata del triunfo del bien sobre el mal, sino de la victoria de la ofensa. Quemarlo todo, nos dicen. Pero nosotros no queremos ver el mundo en cenizas; queremos ver a los culpables castigados y a los inocentes indemnes. Queremos un cambio real, pero no estamos dispuestos a que se pague cualquier costo. Y esto vale también contra aquellos, tan adeptos a la falacia del falso dilema, que quieren que renunciemos a cualquier distinción, que no veamos las casas destruidas y los pequeños y medianos negocios quemados, solo porque la causa lo vale. La imagen de la estación de policía ardiendo en llamas es la imagen del rechazo por las vidas sacrificadas, la imagen de las viviendas destrozadas, no debería serlo.


Mauricio Maldonado Muñoz





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